El frasco de los secretos - Francesc Miralles

El frasco de los secretos – Francesc Miralles

Samir llevaba días torturado por algo que no se sentía orgulloso de haber hecho, cuando finalmente decidió sincerarse con un amigo:

—Necesito tu consejo, Ahmed. El sábado, mientras mi esposa dormía, bajé al café de la plaza. Tiene un reservado donde se juega a las cartas. Con dinero.

—¿Y de dónde lo sacaste? Hace más de un año que no tienes trabajo…

—Del cajón donde ella guarda sus ahorros para el día que se case mi hija. Había diez mil rupias y me jugué cinco mil. Tonto de mí, pensé que ganaría lo suficiente para devolver ese dinero y más, pero perdí hasta la camisa.

—Díselo, Samir –le aconsejó su amigo–. Más vale que sepa por ti lo que sucedió y que se enfade a que lo acabe descubriendo y pierda para siempre la confianza en ti.

Samir volvió a casa pensativo. Su esposa estaba haciendo labor para una fábrica textil. Mientras, su única hija resolvía los deberes de la escuela. Con sigilo, aprovechando que ambas estaban ocupadas, se metió en el dormitorio y volvió a abrir el cajón del que, días atrás, había retirado aquel dinero.

Levantó un mantel cuidadosamente doblado y comprobó que las otras cinco mil rupias seguían allí. Todo indicaba que su esposa no se había dado cuenta de la desaparición del dinero, así que tomó lo que quedaba y se lo metió en el bolsillo. Volvió a doblar el mantel y cerró el cajón sin hacer ruido.

Esperó a que su esposa y su hija se acostaran para bajar de nuevo al reservado del café. Aquella noche perdió el resto del dinero. Y al día siguiente volvía a estar tomando el té con Ahmed:

—Ahora ya no te queda más remedio que decírselo a tu mujer, Samir.

—No puedo, me echaría de casa inmediatamente.

—Pues toma el objeto más valioso que poseas y lo llevas a la casa de empeños. Igual puedes recuperar el dinero perdido y dejarlo para siempre en su sitio. ¿Lo harás?

Samir juró a su amigo que así lo haría. Acto seguido corrió hasta su casa y subió al desván. Entre todos los objetos de sus ancestros que acumulaban polvo, se fijó en un frasco herméticamente cerrado que contenía un líquido negruzco. Lo metió con asco en una bolsa para tirarlo cuando bajara a la calle a empeñar los objetos de valor.

En otra bolsa introdujo un reloj de oro y varias joyas. Sumido en la ansiedad, llegó a la casa de empeños sin darse cuenta de que había olvidado tirar aquel viejo frasco a la basura.

—Puedo ofrecerle ocho mil por todo el lote –le anunció el anciano tras haber observado bajo el monóculo el reloj y las joyas.

—¡Imposible! Tengo que restablecer una deuda bastante superior a esa cifra –dijo sin concretar.

—Hasta nueve mil podría llegar… –murmuró levantando de nuevo el reloj y dejándolo sobre la mesa.

—Diez mil y cerramos –suplicó el otro. —Si le doy eso, me expongo a perder dinero. A ver, ¿qué llevas en la otra bolsa?

Samir se sobresaltó al darse cuenta de que aún no había tirado aquel frasco y se avergonzó al verlo emerger de la bolsa.

—¡Muy interesante! –saltó el anciano al verlo–. No se lo compraré, pero le puede hacer a usted un gran servicio. Es un frasco de secretos… Lo utilizaban nuestros antepasados para medir la pureza de su mente. Abra el frasco, por favor.

Sorprendido, Samir obedeció y comprobó aliviado que el líquido no era pestilente. Al removerlo se dio cuenta de que el color le venía por unas piedras parecidas al carbón que reposaban en el fondo.

El anciano entonces llenó de agua un frasco parecido y miró a través de él a su cliente.
—Puedo verle bien –declaró–. ¿Y usted a mí?

—Claro… –dijo el otro, sin entender.

A continuación, el hombre tomó una de las piedras negras con unas pinzas y la depositó en el fondo del frasco con agua limpia, que se emborronó ligeramente.

—La piedra está en el fondo, ¿lo ve? Pero afecta a todo lo que contiene el frasco. Voy a poner otra más…
El agua adquirió un color tintado que, sin ser negro, ya no permitía ver a través de él.

El viejo declaró:

—Lo mismo sucede con los secretos feos. Aunque estén ocultos en el fondo de nuestra mente, todo nuestro pensamiento queda enturbiado por ellos.

—¿Qué se puede hacer entonces cuando el agua ya está negra? –preguntó Samir preocupado.

—Sacar las piedras y llenar el frasco con el agua pura de la confianza –añadió un billete más al fajo mientras proseguía–, pero para merecerla de nuevo hay que ser valiente. Aunque yo le dé diez mil rupias, si usted no explica la desaparición de estos objetos, simplemente estará cambiando unas piedras por otras.

Acerca de Ana María

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” ― Pedro Calderón de la Barca

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